martes, 14 de septiembre de 2010

LA PERSONA HUMANA: Las Facultades Espirituales

Actividades:

I) Destaca las nociones fundamentales del siguiente fragmento y luego utilízalas para confeccionar un «mapa conceptual» en el cual se pongan de manifiesto las ideas más importantes del texto y sus mutuas vinculaciones.

II) Haz una lista de las cosas que, según tu opinión, los jóvenes generalmente «quieren». ¿Incluirías dentro de esa lista a determinados «bienes espirituales» tales como el aprendizaje escolar de las ciencias y el cultivo de relaciones de amor humano estables y profundas? (justifica tu respuesta).

III) Por el hecho de ser «persona» cada ser humano es único e irremplazable. Sin embargo, muchas veces solemos tratarnos mutuamente como si fuésemos cosas fácilmente sustituibles. ¿Qué cosas concretas podríamos llevar a cabo para mostrar nuestro respeto al valor “sagrado” de los seres humanos con los que diariamente nos topamos?

IV) ¿Hay alguna afirmación del autor con la que estés particularmente en desacuerdo? De ser así, explicítala e intenta desarrollar un argumento para defender tu posición al respecto.

La persona humana: (primera parte/ Fragmento adaptado)

“Como se dijo, la persona humana es, por naturaleza, una unidad sustancial de cuerpo material y alma espiritual. Cabe decir entonces que el hombre se encuentra en la cumbre de perfección de los seres materiales, por encima de los inanimados (o inertes) y de los animados (o vivos), tanto vegetales como animales. El hombre, decía Boecio en el siglo VI, es –en cuanto «persona»– "una substancia individual de naturaleza racional", es decir, cada hombre existe «en sí mismo» y «por sí mismo» (eso significa ser «substancia»), es único, irremplazable e insustituible (por ello es substancia «individual») y posee facultades espirituales (de aquí el ser «racional»). Así, su dignidad más profunda brota de su principio constitutivo espiritual (su alma), mediante el cual ejerce su dominio y realeza sobre todo el universo material. El ser humano es persona.
El «alma», para todo ser vivo, es el «principio vital del cuerpo» (primera perfección que posee el cuerpo y le confiere el existir). Sin embargo, el alma del hombre es inmaterial, espiritual e in¬mortal, capaz de «conocer» y «amar». Y para poder realizar esas operaciones son precisas diversas capacidades, llamadas «potencias» o «facultades», que son al alma lo que las extremidades al cuerpo, es decir, principios instrumentales. Éstas son:

I) Potencias o facultades espirituales:

a) Inteligencia: palabra que proviene del latín intus legere ("leer adentro"), que designa a la facultad del alma por la cual el hombre es capaz de comprender –aunque en ocasiones no sea más que de un modo confuso– «lo que las cosas son», esto es, la verdad de su ser. Por su inteligencia el hombre también es capaz de conocer el «fin» al cual debe tender con sus actos y las leyes morales que lo acercan al bien y lo alejan del mal. A la inteligencia se la llama también «razón» o «entendimiento», y puede ser de dos maneras:
  • «Especulativo»: es la inteligencia en cuanto se aplica al conocimiento y la contemplación de las verdades más profundas en relación al mundo, al hombre y a Dios. Las verdades fruto de este uso especulativo de la razón llevan el nombre de «Sabiduría» o «filosofía primera».
  • «Práctico»: es la inteligencia en cuanto se ocupa de discernir el modo en que los principios generales de la moral se aplican a las situaciones contingentes de la vida cotidiana; es la inteligencia en cuanto or¬dena e ilumina el obrar. Las verdades fruto de este uso práctico de la razón llevan el nombre de Ética o filosofía moral.
Es conveniente destacar que la inteligencia funciona de tal manera que no puede tener nunca dos pensamientos a la vez. El poder pensar en una cosa por vez, de manera cierta y sin mezcla o desviación, se ve favorecido por el silencio, la tranquilidad del espíritu y el dominio (aunque no la subyugación, claro está), del placer proporcionado por los sentidos.
Los actos «contrarios» al adecuado desarrollo de la vida de la inteligencia son, entre otras cosas, el aplicarse a «pensamientos superficiales», inútiles, que desvían nuestro pensamiento hacia lo banal, hacia lo que no tiene una auténtica importancia, haciéndonos perder un tiempo precioso que podría ser utilizado para nuestro bienestar espiritual y para el bien de las personas que amamos. También la «ignorancia voluntaria», sobre todo en disciplinas teóricas como la filosofía –particularmente la ética– y la Teología, son cuestiones que «empobrecen» seriamente el pleno desarrollo de la vida del espíritu. Es perjudicial también la desmesurada «curiosidad» hacia todo aquello que alimenta las pasio¬nes o los goces de los sentidos; el meterse en vidas ajenas para desnudar sus defectos frente a los demás (sólo basta prender la televisión 10 minutos por la tarde para entender esto); el «juzgamiento» apresurado de las situaciones y las personas; la «soberbia» de creerse dueño absoluto de la verdad, sin tener la apertura necesaria para escuchar a las personas sabias y virtuosas.

b) Voluntad: palabra que proviene del latín volo (querer), que designa la facultad espiritual por la cual el hombre busca conquistar (quiere) aquellas cosas que la inteligencia le muestra como «buenas»; es la facultad de querer el «bien» conocido por el entendimiento. Su objeto es, entonces, el bien (aunque siempre queremos un bien concreto), y su acto propio es amar (entendido como la «tendencia» hacia lo bueno). Ahora, quizá pueda ocurrir que el bien perseguido por la voluntad sólo sea un bien «aparente» para la persona.
Ello puede ocurrir al menos por dos razones: una de ellas sería que la inteligencia, oscurecida quizá por las pasiones, no «comprendió adecuadamente» el ser de la cosa querida (amada), y por ello «confundió» lo que era bueno para sí misma con lo que podía hacerle daño. Nuestro entendimiento en esta vida es imperfecto, sobre todo a causa del desorden de las pasiones; debido a ello a nuestra voluntad puede presentársele como bien algo que realmente no lo es y, por tanto, puede elegir mal. Otra posibilidad surge cuando la inteligencia comprende adecuadamente el ser de la cosa, pero la voluntad (que es libre) «prefirió» un «bien inferior» (quizá de naturaleza sensible) en desmedro de un «bien superior» (quizá de naturaleza espiritual). La voluntad posee una propiedad fundamental que es la libertad, la cual le permite «elegir o no» aquello que la inteligencia le presentó como un bien. Nuestra voluntad se vuela hacia el bien que le "ofrecen" las cosas conocidas por la inteligencia, aunque libremente, no obligadamente.

Juan Carlos Bilyk en “Las Virtudes o la conquista de las Bienaventuranzas”.