miércoles, 10 de noviembre de 2010

LA PERSONA HUMANA: La Libertad como sello de nuestros actos voluntarios


La Persona Humana VII/ La libertad:

Introducción:

La «libertad» no es una facultad espiritual como la inteligencia o el apetito racional (voluntad), sino solamente un «carácter» (un sello), una «propiedad característica» de la voluntad. Según vimos, la voluntad es la tendencia que surge en el hombre como fruto de la captación intelectual de un determinado bien que nuestro entendimiento nos muestra como capaz contribuir a nuestro crecimiento y perfección. Complementariamente, la tendencia de la voluntad hacia dicho bien “se hace libre” cuando la voluntad pasa de «quererlo» a «elegirlo». Pero, una podría preguntarse aquí si dicha “transición” no es algo «espontáneo» e «inevitable», es decir, cuándo y cómo no podríamos elegir lo que queremos. Aquí el pensamiento nos muestra que ello podría ocurrir al menos en dos ocasiones: primero, cuando comprobamos, luego de un detenido examen, que dicho bien querido no es actualmente para nosotros «posible». Segundo, cuando la inteligencia nos muestra que la elección y posterior consecución de dicho bien contradice nuestros presentes deberes morales. Por ejemplo, cuando queremos hacer deporte en razón de que es bueno para nuestra salud y debemos posponerlo porque nuestro hijo está con fiebres en cama. 

Por otra parte, hay que decir también que todo acto voluntario es libre, pues en todo acto voluntario hay «elección» (“libre”) de un determinado bien que se transforma en «fin a alcanzar». Asimismo, una vez que hemos optado por un determinado bien, dejamos de ser libre en relación a los «medios» que se muestran como necesarios para su consecución. No obstante, sí podemos elegir – de entre los medios «no necesarios»–, es decir, aquel o aquellos que –según juzgamos– mejor se adecúan a nuestro particular modo de ser y actual situación. Por ejemplo, si elijo estudiar medicina en Mar del Plata, sólo puede hacerlo en la Universidad Fasta (no soy libre respecto de este medio), pero puedo elegir cursar de mañana o de tarde de acuerdo a mis preferencias (conservo mi libertad respecto de medios «no necesarios»).
Allende lo afirmado en el párrafo precedente, también es verdad la afirmación que sostiene que el hombre sólo es libre en relación a los «medios» puesto que el fin último, la felicidad, es naturalmente apetecido y, en este sentido, no somos libres frente a él. Es decir –teniendo en cuenta lo sostenido en el ejemplo anterior–, elegir estudiar medicina en Mar del Plata es, en realidad, algo que vislumbro como un «medio» para obtener la felicidad. Y precisamente por ello, dicho «medio», se convirtió en «fin» de mi acto voluntario. Por ello, todos los bienes que un ser humano libremente elige no son sino «medios» para obtener la dicha
Para finalizar esta breve introducción digamos que, en el hombre, la libertad puede presentarse de múltiples formas, de aquí la necesidad de una adecuada distinción y comprensión de cada una de ellas. Así, en una primera aproximación, distinguiremos la llamada «libertad de actuar» de la «libertad de querer» –o «libre arbitrio». Asimismo, preciso es destacar que el «problema de la libertad» en el hombre se pone de manifiesto sólo en esta última.

La «libertad de actuar»:
Un acto es libre en este sentido cuando está exento de toda «coacción exterior». Consiste en no estar «determinado a obrar», o «impedido de obrar, por una fuerza, por una violencia exterior. Esta libertad es esencial al acto voluntario, pues un acto realizado como fruto de una coacción exterior, no es evidentemente un acto voluntario (recordar el ejemplo del capitán que arroja la carga de su barco en medio de una tempestad). Pero es claro que puede haber actos que, en sí mismos, «no sean voluntarios» y que, sin embargo fueron en este sentido “libres”, puesto que nada los coaccionó «desde fuera». Por ejemplo cuando movido por el enojo digo algo hiriente a mis padres que en realidad no pienso sobre ellos, que en realidad no quiero decir, sino que hablo impulsado por un arrebato de bronca. Aquí, tenemos un acto que, «desde fuera», no resultó «impedido» ni «determinado» (hubo libertad de actuar) y, no obstante, no fue voluntario. Como se ve, se trata de una libertad puramente exterior, una «libertad de hacer». La libertad de actuar es importante, pero la posesión de una libertad plena de actuar no hace, por sí misma, a un hombre auténticamente libre.
La libertad de acción se diferencia según los diversos tipos de «coacción exterior» de los que el sujeto esta libre:
  • La libertad física: consiste en poder moverse sin ser detenido por algo externo como los muros de una prisión.

  • La libertad civil: consiste en poder obrar sin que las leyes de la ciudad impidan la realización de acciones naturales, acordes con la razón. Es decir, la «ley civil» no debe impedirnos la ejecución de aquellos actos que contribuyan a nuestra perfección y al bien común. En una dictadura no hay libertad civil puesto que, por ejemplo, no está garantizada la libertad de expresión. Por otro lado cuando de hecho hay libertad civil, siempre se tiene la libertad física de quebrantar las leyes, pero entonces se entra en contravención con la ley, y la fuerza pública interviene para privar de su libertad física a aquel que ha abusado de ella.

  • Libertad política: consiste en poder cooperar en el gobierno de la ciudad de la que se es miembro. Se opone a la «tiranía» o dictadura, régimen político en el que los ciudadanos están sometidos a las ordenes de un dueño sin poder influir en sus decisiones.

  • La libertad moral: consiste en poder obrar sin que una ley moral determine «desde fuera» mis acciones, es decir, me «obligue» a la ejecución de un determinado acto. Por ejemplo, si yo he sido educado en el fundamentalismo religioso cuyo ideal de perfección moral es la «destrucción de los infieles», si estoy sumergido en una cultura donde la intolerancia con el que piensa o cree de forma diferente es “moneda corriente”, entonces me encuentro exteriormente constreñido en mi libertad moral. No obstante, la falta de libertad moral no anula la libertad psicológica de una persona: pues siempre «podemos» quebrantar las leyes morales; es más, solo hay obligación de cumplir una ley moral para un sujeto en posesión de su libertad psicológica, es decir, para una persona capaz de quebrantarla.

La libertad del querer:

El hombre es libre en razón de que su voluntad no está determinada por ningún bien particular. Cuando el hombre opta por un bien, lo hace libremente. En otras palabras, nos referimos al hecho de estar exento de una «inclinación necesaria» a elegir tal o cual bien particular. A la libertad entendida de este modo se la denomina tradicionalmente «libre arbitrio», debido a que el hombre es aquí verdaderamente el dueño, el «arbitro» del acto que elige –siendo, en consecuencia, responsable del mismo. Frente a los bienes particulares que se le presentan al hombre en el mundo, el libre arbitrio puede presentar dos alternativas:

o   puede elegirse entre «actuar» o «no actuar», ejecutar el acto o no; es lo que se llama «libertad de ejercicio».

o   puede elegirse entre «hacer esto» o «lo otro», entre ejecutar este acto u otro; es lo que se llama «libertad de especificación».

 Asimismo, hay que recordar que el hombre es «libre» frente a la posibilidad de optar por uno u otro bien, pero no es libre de querer el bien. De hecho, incluso quienes eligen «lo malo», lo asumen debido al «aspecto de bien» que ello posee. Quien opta por la bebida, no elige dañar su salud sino el olvido temporal de sus desdichas en que el estado de embriaguez lo induce. Y el mismo «mal moral», la voluntad no puede quererlo sino en cuanto la inteligencia (a partir de un juicio erróneo, claro está) se lo presenta como bueno para ella –opto por estafar a mi prójimo debido a que me resulta “bueno” apropiarme de sus bienes.

La libertad no es, «esencialmente», la capacidad de elegir entre el bien y el mal, sino la capacidad de «actuar o no actuar» y de «optar por tal o cual bien» en la medida en que nuestra inteligencia nos muestra que su posesión nos hará más felices. Tampoco la libertad consiste en estar ajenos a toda coacción exterior que nos posibilite “hacer lo que nos viene en gana”. El poder optar por lo moralmente malo, en razón de lo «aparentemente bueno» que ello pueda tener (puesto que jamás puede ser realmente bueno para mí lo que haga daño a otros o a mí mismo), si bien es una «señal» de libertad, constituye más bien un «defecto» suyo –no algo que la califique esencialmente. La verdadera libertad consiste en dirigirse meritoriamente hacia la «felicidad» comprendida como aquello que nos posibilita el pleno desarrollo de nuestras capacidades más propias, el desarrollo más profundo de nuestro ser, manteniéndose al margen de todo aquello que pueda hacernos daño o lastimar a los demás seres.

Pero, ¿por qué motivos podemos conscientemente elegir lo moralmente malo? Claro es que siempre optamos “por lo bueno” que dentro de lo malo puede haber, aun cuando reconozcamos de modo evidente que «lo elegido» es, en última instancia, malo para nosotros: elegimos el efecto de la embriaguez en lugar de cuidar nuestra salud; elegimos la posesión de determinados bienes materiales en lugar de la honestidad; elegimos el placer sexual en lugar de la fidelidad a nuestra familia. Aquí nos adentramos en lo que, en términos religiosos se denomina el «misterio del pecado». Es imposible siquiera esbozar una comprensión de este misterio –que toca lo más profundo de la realidad humana– en sólo unas breves líneas. No obstante, creemos que la realidad del “pecado” puede entenderse a partir del orgullo humano que no acepta que «Otro» le diga lo que está bien y lo que está mal. Cuando el hombre opta por lo moralmente malo, le está diciendo a las cosas (y por ende a Dios como creador de la naturaleza): “yo soy quien determina lo bueno –y aún cuando mi inteligencia me muestre que «lo que yo decidí que sea bueno» no sea realmente tal. El pecado constituye entonces un uso abusivo de nuestra libertad.    

Ser libre es «determinarse a sí mismo»: yo soy quien se determina a obrar no obrar; yo soy quien decide optar por este bien en lugar de aquel otro. Ahora bien, según vimos, nuestra voluntad no es libre de «querer el bien», su objeto es el bien. Y la posesión del bien la concebimos abstractamente con el nombre de «felicidad»: “seremos felices cuando obtengamos los bienes que queremos en razón de que nuestra inteligencia, acertadamente o no, nos muestra que pueden darnos plenitud y placer”. En virtud de esta innata tendencia a la felicidad, nuestra voluntad quiere tales o cuales bienes concretos determinados debido a que la inteligencia le muestra que constituyen un «medio» de acercarnos a la dicha. Pero frecuentemente nuestra inteligencia propone «varios medios», varios bienes concretos que se nos muestran, al menos en un principio, como posibles “dadores de felicidad”. Aquí nuestra inteligencia comienza a sopesar las posibles ventajas y desventajas de cada uno, pero como ningún bien particular concreto puede brindarnos la felicidad absoluta, es la voluntad quien decide optar por uno u otro (o optar por ninguno), definiéndose por el motivo que, dadas las circunstancias particulares en las que se encuentra, le resulta más ventajoso para conseguir la dicha.

Para finalizar, es preciso poner de manifiesto que la «libertad perfecta» constituye para nosotros un «ideal». Por esto, ha podido con toda razón decirse que “el hombre no nace libre sino que llega a serlo”. De esto se sigue que la libertad es susceptible de «grados». Así, nuestros actos humanos son tanto más libres cuanto:

  • Son más «deliberados»: cuanto más ilustrado es un hombre, cuanto más y mejor puede «deliberar» sobre lo que hace, tanto más responsable de sus actos (más libre) se le considera. Por el contrario, la ignorancia y la debilidad del espíritu que se deja arrastrar por las pasiones disminuyen la libertad y la responsabilidad sobre los propios actos. Los vicios morales «tiranizan» al hombre y le arrebatan su libertad.
  • Son más «racionales»: es decir, cuanto más se adecúan a lo que la recta razón nos muestra en el ser de las cosas; la razón está llamada a dirigir el conjunto de las acciones humanas.
  • Procuran más realmente la «felicidad» del hombre: en ocasiones se nos presenta la posibilidad de elegir entre diversos bienes reales (no bienes aparentes); aquí debemos optar, teniendo en cuenta quiénes somos y las circunstancias en que nos encontramos, por aquello que más puede conducirnos a la dicha, teniendo siempre en cuenta la prioridad ontológica de los bienes espirituales sobre los materiales.
Maximiliano Loria.

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